11 oct. 2011

Testimonio de Alicia


TESTIMONIO DE ALICIA SZEWCZY

Alicia es una misionera de Kerygma, tiene 18 años y estudia Biología Sanitaria en la Universidad. Se unió a nuestro grupo de evangelización después de la JMJ, porque sintió la llamada a hacerlo durante la vigilia en Cuatro Vientos.

Pregunta.- ¿Cómo fue tu llamada a la evangelización?
Respuesta.- Mi llamada a la evangelización fue muy curiosa, fue durante la vigilia en Cuatro Vientos, sobre las 6 de la tarde. Yo llevaba la bandera de Polonia, porque soy de allí, y le di con la bandera a un sacerdote que estaba delante de mí. Se dio la vuelta y empezamos a hablar; durante tres horas estuvimos hablando. Me dijo que era misionero y me propuso ir a evangelizar a Galilea y a Jerusalén, durante el tiempo que yo pudiera., con un grupo de jóvenes. Yo me quedé sorprendidísima y le dije: ¿encima que te doy con una bandera, tú me propones eso? Y entonces me di cuenta de que el Señor me estaba llamando a algo que yo siempre había querido hacer y que de pronto me lo ponía delante. Lo recé, le di mi correo para estar en contacto y se lo conté a un seminarista que trabajaba conmigo en el CECAP de Alcalá. Él me dijo que en la Diócesis había un grupo que evangelizaba y que podía darme un número de teléfono para ponerme en contacto. Me dio mucha alegría, porque yo no sabía nada de ese grupo. Y fue por providencia; el Señor me lo ponía todo por providencia.

En el cierre de la JMJ celebramos una comida de despedida y allí me presentó a Isabel y a Carlos, que me invitaron a ir a la oración del grupo; me puse muy contenta, porque mi deseo siempre ha sido dar a lo demás lo que yo he recibido, no quedármelo para mi y veo cómo el Señor me lo ha puesto por medio, es como sentir que esto es lo que Señor quiere para mi.
P.- ¿Recuerdas algún testimonio especial de la evangelización en San Felipe Neri?
Alicia y otros misioneros en S. Felipe Neri
R.- Sí. Recuerdo uno en especial de un chaval que estaba hablando por teléfono, esperando a alguien, y empezamos a hablar con él.  Le contamos que éramos un grupo de jóvenes que estábamos en oración ante el Santísimo y que, si quería, le invitábamos a entrar a la oración. El pobre estaba como que no nos escuchaba, en su mundo, pensando en que estaba esperando a alguien, pero después de un rato dijo:
"Bueno, vale, tengo un ratito para Dios; un ratito sí que tengo".
 Habíamos estado hablando de Dios y nos rebatía lo que le decíamos y yo le di mi testimonio, a ver si era eso lo que necesitaba. Le conté mi vida, que había estado muy metida en la sociedad, en el sentido de que es un cauce que te arrastra, hasta que llegué al desierto. Me paré en seco. Fue en un retiro espiritual; me paré y fue cuando dije: "Piensa, déjate llevar".

Y cuando dijo eso de "tengo un ratito para Dios", me recordó a mí. Y ese ratito se convirtió en media hora. Lo acompañé a la Iglesia y le estuve preguntando si era católico, que si había recibido el bautismo y la comunión y también le pregunté cuánto tiempo hacía que no se confesaba. Me dijo que hacía mucho, mucho tiempo. Le invité a confesarse, le dije que había un sacerdote por si quería hablar con él. Después una compañera le dio la vela y lo acompañó al Santísimo. Y se quedó allí un rato. Me impresionó, porque me recordaba a mí. Era el mismo caso, pero visto en otra persona.
 
R.- Otro encuentro esa misma noche fue con dos hombres que pasaban por allí. Les empezamos a hablar de la amistad, que la amistad con Dios era muy importante y era la que más había que cuidar, además de la amistad entre ellos. Empezamos a hablar y estaban un poco reacios, no querían hablar mucho, pero el Señor nos ha dado la virtud de ser muy pesadas y les dimos nuestro testimonio y, a partir de ahí, uno de ellos dijo:
 "Vamos a saludar al Señor", así, de repente.
 Nosotras estábamos a punto de cortar ya, para irnos, porque no querían nada, pero, de repente, pasaron los dos a la Iglesia.

Estuvieron ante el Santísimo, el sacerdote les dio la bendición, se sentaron y uno de ellos estaba mirando las musarañas, sin hacer mucho caso, pero el otro empezó a llorar, se emocionó y fue cuando me comentó que él era homosexual, que el otro era su pareja. Estuvimos llorando ante el Santísimo los dos; yo me emocioné mucho; fue como que la fuerza de Jesús le venía a él, pero a mí también: el Espíritu Santo. Era increíble. Y después de salir nos dio las gracias. Le dijimos que las gracias a Dios, que nosotras no habíamos hecho nada, y empezó a decir que él sí era católico y le pregunté si quería confesarse. Me dijo que en ese momento no se sentía preparado y que se tenía que replantear muchas cosas en su vida y me prometió que se confesaría, pero que en ese momento no se sentía con fuerzas, que tenía que meditarlo.
Y pensé que yo, que soy sólo una chica de 18 años, había sido como un instrumento para el Señor y que sólo presentar a alguien al Señor me había cambiado.